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Frases sabias: " Nunca midas la altura de una montaña hasta que no hayas llegado a la cumbre. Entonces verás que no era tan alta como pensabas.".

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ESTUVIMOS MUY CERCA DEL CIELO

Bogotá, septiembre 18 de 2011.

Cuando se publicó la programación ciclística para el mes de septiembre, varios de nuestros ciclistas quedaron preocupados al ver que para el domingo 18 se anunciaba la subida al temible alto de la Cuchilla Guasca. “Están locos, yo no subo allá ni por el verraco…”, “me devuelvo donde me canse…”, “Yo me quedo en mi casita…”, estas fueron algunas de las expresiones.

La Cuchilla de Guasca es un páramo, ubicado a 3365 metros sobre el nivel del mar, a 11 kilómetros del Municipio de Guasca, con pendientes que van del 3% al 10% de inclinación. Pasando ese pico, se aprecia el Valle del Guavio. Es un puerto montañoso que fácilmente califica como de primera categoría en las competencias ciclísticas. De ahí el temor que infunde esta “cuestica” a los ciclistas.

Bien dice la sabiduría popular, no hay plazo que no llegue ni deuda que no se pague y hoy llegó la fecha y tenemos que cumplir. A la cita con esta montaña llegaron 26 pedalistas (ver lista de asistentes).



William Trejos, el conductor elegido de la fecha llegó con una bolsa repleta de deliciosos bananos y bocadillos. Nos contó que pese a que lo intentó por todos los medios, no pudo conseguir un conductor sustituto; la verdad en su rostro pudimos notar una sonrisita de satisfacción, y de pesar por nosotros, pues hoy iba a coronar una de las montañas más duras, pero en su camioneta.

Entre los asistentes estaba hoy nuestro apreciado colega Andrés Ocampo, quien reside en la Florida, durante la semana estuvo participando en la Vuelta a Colombia Sénior Máster (ver notas en su blog).

Andrés no quería irse de Colombia sin probar una verdadera montaña, por esta razón se le midió al reto, llegó con Jaime Humberto Mora uno de sus compañeros de la Vuelta a Colombia.

La caravana naranja partió a las 8:30 a.m. de Briceño, población ubicada a 2566 metros sobre el nivel del mar.


El trayecto Briceño- Sopó- La Y, de 15 kmts fue el calentamiento para enfrentar la montaña. Antes de tomar el camino a Guasca teníamos que afrontar la cuesta del Salitre, 3.5 kmts, que subimos a buen ritmo para entrar en calor. Aunque es una subida corta tiene rampas duras en curvas de herradura.


Pronto estuvimos en la cima e iniciamos una bajada rectilínea de 7 kmts que nos lleva al punto donde se entrecruzan las vías que vienen de Guatavita y la que nos lleva a Guasca. Un falso plano de un kilómetro y medio nos deja frente a la población de Guasca, que lamentablemente no visitamos pues tomamos la variante que la rodea; son casi 3 kilómetros con repechos algunos duritos.

Al terminar la variante dejamos atrás a Guasca y nos encontramos sobre la cinta asfáltica que debemos surcar durante 12 kmts; nuestras piernas que llevan casi 30 kmts ya comienzan a sentir la inclinación, tenemos que acomodar la piñonería para afrontar las primeras rampas anticipo de lo que nos espera.

Lástima que nuestra preocupación por no quedarnos y la idea fija en la mente de coronar, no nos permita apreciar la belleza del paisaje, territorio que alberga la historia de Los Muiscas, pueblo indígena, que protegió y adoró por siglos esta región por su riqueza natural en un rito que se convirtió en la Leyenda del Dorado, allí fue encontrada una de las balsas de oro que confirmaron la leyenda. Precisamente Guasca es un vocablo Muisca, Guahuaca o Guasuca que significa "Rodeado de Cerros", esos que justo tenemos a la vista y que hoy queremos conquistar en nuestras bicicletas.

Algunos de nosotros hemos intentado en el pasado llegar al páramo, unos con éxito y otros solo hasta donde las fuerzas nos lo permitieron, un buen grupo no lo conoce. Pero hoy cuando completamos la salida dominical número 28 y hemos recorrido 2201 kilómetros, una buena parte en montaña, confiamos en que esta vez, si podremos llegar al páramo y sentir la brisa helada en lo más alto de la montaña a la que nos enfrentaremos.

El clima es ideal, es un día despejado; la carretera, salvo por algunos pocos baches y uno que otro hueco, está en muy buenas condiciones. Al comienzo encontramos casas y fincas entre bosque de pinos, pero poco a poco el paisaje va cambiando.



Las rampas que se suceden una tras otra, van seleccionando el grupo, dejando a la vanguardia a los que llamamos de la A, y más atrás una hilera de ciclistas separados unos de otros, por segundos y minutos.

Sobrepasamos a Nobile González, quien había salido unos minutos antes con Anita Niño, que aguanta el embate unos kilómetros más. Los pocos ciclistas que encontramos bajando, nos van indicando lo que falta por subir, no se entiende si para asustarnos o para darnos ánimo. Faltan 4.5 kmts muchachos…

Una vez superado el 50% de la subida, nuestra esperanza de subir hasta la Cuchilla crece. Cada cual regula su paso y busca los piñones más grandes para dosificar fuerzas. Arriba se aprecia claramente el final de la montaña, pues el cielo está despejado. Ya no encontramos casitas a la orilla de la carretera, ni grandes árboles.



Faltan solo dos kilómetros, nos anuncia otro de los ciclistas que encontramos bajando. La vegetación ya es la típica de un páramo, veo los líquenes o quiches. Yo Recordaba que el último kilómetro es durísimo y que tenía rampas muy fuertes y que arriba siempre estaba nublado. Pronto tengo a la vista las temidas rampas finales y la verdad son así como las recordaba, pero hoy el día es soleado, no hace el frio paramuno.

Una vez concluimos las dos rampas serpenteantes, vemos cerca el final del pico montañoso y nos encontramos con una recta de 100 metros que parece más larga y dura de lo que la recordaba, pero ver a lo lejos ese grupito de gente con camisetas naranjas nos inyecta energía, hemos concluido, ya hemos puesto pie en tierra sobre la temida Cuchilla de Guasca, esto debe ser como llegar al cielo, se siente una inmensa felicidad. William Trejos, cámara en mano, me indica que los de la A me sacaron 17 minutos, pero poco me importa pues hoy con sesenta años coronar esta montaña es lo más importante y me sentiría igual de felíz si me hubieran tomado dos horas.

Poco a poco se van reuniendo ciclistas de uniformes anaranjados, 10, 20, 23, solo quedan atrás Nobile y Melquisedec, pues Fernando Molano declinó.



Luis Eduardo Pulgarín, podría haber apostado que su esposa Nobile se había devuelto, decide bajar para buscarla pero se sorprende al verla pedaleando y a solo 500 metros de la meta. Concluye la subida en medio del alborozo general, Esta vieja es una verraca!!, muy bien Nóbile!!, Qué ejemplo!!, son los gritos que escucha, para ella son el premio al esfuerzo y a su a consagración, sabía que entrenar como lo hace vale la pena; es que apenas lleva 8 meses desde que decidió medírsele a estos varones y vean a dónde ha llegado.

Nobile confirma que Melquisedec se devolvió faltando tres kilómetros. Con ella completamos en la cima 24 de los 26 ciclistas que partimos en busca de la más alta montaña, un verdadero récord e indicativo claro de que la gente viene entrenando y que el plan de kilometraje de la programación ha dado frutos. Felicitaciones para todos.



Hoy no importa el puesto en el que arribamos, cada uno lo recordará por mucho tiempo, por ejemplo Andrés Ocampo no olvidará que en esta montaña subió de tú a tú con los duros de la A; Otálora no olvidará que le ganó a Rivera, quien a su vez superó a Pulga, quien se le adelantó a Márquez y que Armando le remató a Dimián; que Pacho le ganó a Marcolino, pero perdió con Anilsa …. en fin, nadie olvidará esta subida.

Desde la cumbre, muy cerca al cielo, apreciamos en su esplendor la sabana con todas las tonalidades de verde. La pequeña cámara registró la vista y los hermosos paisajes, pero la verdad son más bellos de lo que se aprecian en las fotos.



Con los corazones henchidos de orgullo emprendemos el regreso. El prolongado descenso nos indica que hoy hicimos una proeza, que Dios quiera podamos repetir otras veces.

Una parada técnica a la entrada de Guasca, nos permite reaprovisionar líquido y comida, pues aún nos restan 30 kilómetros, que completamos huyendo de las pequeñas gotas que presagian lluvia. Finalmente estamos en el punto inicial de partida.

En la tertulia todo es alegría, allí Melquisedec, quien lleva pocas salidas en el año por problemas de salud, confiesa que en tres oportunidades trató de convencer a Nobile de que se regresaran, pero fracasó y tuvo que devolverse solo; no pensó que ella lograría coronar la dura montaña. Esa montaña de Guahuaca, que alguien incluyó en la programación de septiembre, de pronto para intimidarnos, afortunadamente fracasó pues nuestros antepasados Muiscas y sus Dioses nos llevaron a la cumbre y permitieron el regreso sin novedades.

Esperen a partir del día martes la galería de fotos videos y comentarios que Anilsa estará subiendo a Facebook CicloBR

PD: Se nos olvidaba comentarles que hoy se vio mucho perro en la vía:

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Nuestros amigos Ildefonso y William confesaron, sin el menor reato que ellos tambien lo hicieron...

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RAMÓN HOYOS POR GABO

No se Uds. pero yo no sabía que Gabriel García Márquez, escribió sobre Ciclismo.

En 1955 el diario El Espectador publicó una extensa crónica, en 14 capítulos, en donde nuestro Nobel, en ese entonces reportero de ese periódico, narró la vida de Ramón Hoyos Vallejo quien  fue la primera gran figura del ciclismo colombiano , ganador de cinco Vueltas a Colombia, 1953, 54, 55, 56 y 58.

Ramón Hoyos nació el 26 de mayo de 1932, en Marinilla. Antioquia  posee el récord de más etapas ganadas en una sola edición de la Vuelta a Colombia, con 12. Además, fue bautizado por la prensa como «El escarabajo de la montaña»; por esta razón, en adelante los ciclistas colombianos fueron conocidos e identificados en el exterior como «los escarabajos».

Este es un pequeño resumen de la primera entrega de la biografía sobre el famoso ciclista, en la pluma de García Márquez:

Mi primera rueda

El 9 de febrero de 1939 llegó a la escuela rural de Chorro Hondo —a 10 kilómetros de Marinilla, Antioquia— un niño de siete años, tímido, montuno, completamente embarrado y chorreando agua sucia por todos los lados. Ese niño era yo, Ramón Hoyos Vallejo, y este es mi recuerdo más antiguo: mi primer día en una escuela pintada de blanco entre frescos naranjos, a donde me llevaron mis dos hermanos mayores, Juan de Dios —que ahora es propietario de un café— y José, que ahora es chofer de taxi. Me llevaron porque yo me empeciné con la idea de que ya estaba en edad de aprender a leer y escribir, cuando a duras penas había aprendido a caminar. Y fue precisamente esa mañana cuando sentí el incontrolable impulso de batir mi primer récord: cuando me llevaban a la escuela traté de saltar una quebrada —habiendo podido pasar por el puentecillo— y caí despatarrado dentro del agua.

Aquella caída —que considero como mi primer accidente— fue ocasionada por mi natural, irreprimible y afortunada vocación de andar siempre demasiado aprisa.

Desde mi nacimiento he andado tan aprisa que no me explico cómo no soy el mayor de mi familia. Pues el día en que fui por primera vez a la escuela sin tener edad y traté de saltar una quebrada sin tener fuerza ni estatura, apenas tenía siete años...

Me llamo Ramón porque así se llamaba el padre de mi padre. Nací el 26 de mayo de 1932, en la arisca fracción de La Cuchilla, municipio de Marinilla, en el rancho de mi abuela paterna. Allí vivieron mis padres, Antonio y María Jesús, hasta poco después de mi nacimiento. Luego compraron un rancho, con un huerto y un corral para los cerdos y otro para las gallinas en la fracción de Chorro Hondo, y se dedicaron a sembrar plátanos y maíz y a criar animales.

No recuerdo qué hice antes de ir a la escuela por primera vez. Pero lo que ocurrió después lo recuerdo perfectamente: la maestra, doña Ana Arbeláez, que vivía en la escuela con sus padres y cuidaba al mismo tiempo de los niños y los naranjos, me regaló una caja de lápices de colores “para que aprendiera a ser pintor”. Pero ya yo iba más lejos: quería ser cura, como el padre Toro.

“La importancia de saber aritmética”

Dos años estuve en la escuela rural. Dos años que son uno, pues los varones sólo teníamos clases por la mañana. Costó trabajo para que me entrara en la cabeza la escritura, y especialmente la ortografía, que sigue siendo mi mayor preocupación.

En cambio —porque quería ser cura— tenía una extraordinaria facilidad para aprender catecismo. Y, modestia aparte, era el mejor estudiante de aritmética. Ahora he perdido la primera aptitud. Pero la segunda se me ha desarrollado con la práctica y puedo hacer cálculos mentales con notable facilidad, especialmente cómputos de tiempo y velocidad y operaciones de tanto por ciento. En muy pocos minutos, andando en mi bicicleta, puedo darme cuenta de mi posición exacta en una competencia deportiva, sin necesidad de utilizar lápiz y papel.

Mi primera rueda

... tenía otro problema: la historia. Tenía dificultades para distinguir a Bolívar de Santander, cuyos retratos pendían de las paredes, al lado de una fotografía monumental de doña Simona Duque, la famosa educadora de Marinilla.

... ya podía yo recorrer tres kilómetros en casi media hora, no sobre dos ruedas, como podría hacerlo ahora, sino detrás de una sola: había comprado un aro y lo llevaba rodando todos los días a la escuela. Ese fue mi primer contacto con las ruedas.

En el camino de mi casa de Marinilla a la escuela había una calle angosta, pedregosa y muy inclinada. Allí no podía dominar el aro. Entonces pensé que aquella calle era ideal para descender por ella en uno de esos carros de madera, con cuatro ruedas, en que los mensajeros de Marinilla transportaban mercancía. Se me incrustó esa idea en la cabeza, sacrifiqué los centavos que me daban para las onces en la escuela; ahorré metódicamente, y por último conseguí que mi madre me ayudara hasta completar dos pesos. Un carpintero, cuyo nombre no recuerdo, me fabricó el carro.

En los periódicos se dice que soy un buen trepador. Se admite como cierto que pierdo tiempo y terreno en las bajadas. Sin embargo, mis primeros contactos con la velocidad comenzaron de arriba hacia abajo, cuando descendía hacia la escuela en aquel destartalado y rudimentario carro de madera. Hoy, sobre una bicicleta, no soy capaz de desarrollar la velocidad a que bajaba todas las mañanas, hasta la escuela de Marinilla, donde el maestro Rivera me decía: “Ramón, acuérdate que la mucha carrera trae cansancio”.

Los golpes enseñan

Durante los años en que estuve corriendo, descolgándome en aquel vehículo que por primera vez me proporcionó el placer de la velocidad, no sufrí ningún accidente. En cambio, mi carrera ciclística ha tenido muchos más accidentes que victorias. Prácticamente en el único vehículo en que no he sufrido accidentes es en un triciclo: nunca tuve uno durante la infancia. Y cuando pude tenerlo ya no estaba para andar sobre tres ruedas.

Dos días antes de concentrarme para viajar a París, a participar en La route de France, estuve a punto de matarme en la carretera de Envigado, cuando una camioneta quedó destrozada al estrellarse contra un camión.

Dos días antes de viajar a Cali, el año pasado, para participar en los Juegos Atléticos Nacionales, en el equipo de las fuerzas armadas, me rompí la cabeza y me fracturé las dos manos, en una motocicleta. Cuando viajábamos en avión, de Pasto a Popayán, en la última Vuelta a Colombia, uno de los motores dejó de funcionar en el aire y tuvimos que hacer un aterrizaje de emergencia. De estos accidentes hablaré detenidamente en el curso de este relato. Por ahora, me interesa demostrar que mi vida ha sido una larga cadena de accidentes.

A nada quiero más en este mundo que a mis bicicletas. Y cuando estaba en Marinilla, a los 11 años, a nada quería tanto como a mi carro de madera. Lo pintaba. Le ponía toda clase de adornos y lo mantenía en perfectas condiciones, como si hubiera sido un carro para competencias. .... En realidad, no tuve una bicicleta buena y bien acondicionada hasta cuando participé en la III Vuelta a Colombia.

¿Qué es eso tan raro?

A las cinco y media de la tarde, un día que, como siempre, regresaba de la escuela en mi carro de cuatro ruedas, me quedé perplejo, sin dar crédito a mis ojos: un muchacho bajaba la calle, muy campante, sin hacer el menor esfuerzo, avanzando y cómodamente sentado sobre uno de aquellos vehículos de dos ruedas. Aquello parecía imposible.

Estupefacto, detuve mi carrito, me quedé contemplando por un momento el vehículo que daba vueltas, que giraba en torno a un centro varias veces sin perder el equilibrio. Al cabo de un momento me atreví a preguntarle a su conductor:
—¿Cómo haces para no caerte?
Y él me respondió:
—Es con secreto.
Esa noche, cuando todavía no me había repuesto de mi perplejidad, me explicaron que aquel extraño vehículo era una bicicleta.

NOTA DEL REDACTOR (García Márquez)
Cinco días de reportaje continuo

La biografía del campeón aparece escrita en primera persona, y en ella se ha conservado, hasta donde es posible en una reconstrucción de esta índole, el sabor y los términos en que la relató al redactor. Las conversaciones se prolongaron durante cinco días, en etapas de cinco horas diarias, interrumpidas. El campeón hablaba. El redactor orientaba su monólogo, pidiéndole ser más explícito o más sintético, de acuerdo con el interés del momento relatado.

Se tomaron cincuenta y dos cuartillas de notas a en total, y veintinueve tazas de tinto, de las cuales el redactor no tomó ninguna. Se perdió la cuenta de los cigarrillos, porque el redactor encendía un cigarrillo con la colilla del anterior, y en este período de descanso Ramón Hoyos está fumando un promedio de 18 cigarrillos cada dos días.

La primera impresión que produce Ramón Hoyos es la de ser un muchacho de cuerpo débil y espíritu rudo. Pero a las pocas horas de estar conversando con él, cuando se ha roto el hielo y uno se ha ganado su confianza, se descubre que es exactamente todo lo contrario: tiene un cuerpo delgado, pero sólido, con extrañas y pedregosas protuberancias en los bíceps, y el carácter suave, cordial y hospitalario de los campesinos antioqueños. “En ocasiones se muestra tan seco, que es casi agresivo”...

Razones para el mal humor

En realidad, Hoyos es un hombre dócil con los periodistas y extraordinariamente cordial con sus amigos y sus fanáticos. “Ahora soy más amable con ellos —dice— para que no me molesten diciendo que se me han subido los triunfos a la cabeza”. Y, sin embargo, durante los cinco días consecutivos que duró la entrevista que hoy empieza a publicarse, fue preciso encerrarlo en la oficina de la maternal y simpática visitadora social de Coltejer, doña Gabriela Arboleda, para poder sustraerlo a la atención de los fanáticos.

En su casa es imposible: allí no hay vida privada. Durante todo el día, pequeños aprendices de ciclistas merodean en torno a ella, para que Ramón Hoyos les haga indicaciones. Hay una permanente romería de admiradores, que quieren conocer los trofeos. Al menor descuido, en medio de aquel desorden de gente desconocida que circula por la casa, se pierde una medalla o una copa.

¿Quién puede vivir así?

En las calles de Medellín, donde todo el mundo lo conoce, pero especialmente los niños y las mujeres, no puede detener su automóvil en las calles centrales, porque los admiradores impiden que prosiga la marcha.

Cuando se detiene a causa de las señales de tránsito, muchachos en bicicleta lo rodean y tratan de conversar con él. En cualquier momento en donde se encuentre, ocurre exactamente lo mismo. Sin embargo, Ramón Hoyos no pierde la paciencia y tiene que atender a las numerosas diligencias abriéndose paso a través de los admiradores. Para que pueda comer, es preciso despejar la casa. Durante las horas de la noche, interrumpen su sueño con serenatas.
Desde cuando empezó a convertirse en la primera figura del ciclismo nacional, Ramón Hoyos no recuerda haber tenido un momento de verdadero descanso y soledad, salvo cuando se encuentra concentrado para las pruebas. Su cordialidad de ahora no es por tanto natural. Tiene motivos para estar de mal humor, pero no se recuerda que haya tenido una salida de tono con sus admiradores, a pesar de que le fastidiaban terriblemente. Esto puede considerarse como una prueba de su carácter bien controlado y de su buena educación natural.

En los momentos de descanso, Ramón Hoyos se dedicó a hacer diligencias, en su automóvil convertible. El redactor lo acompañó en esas diligencias, que aproximadamente se prolongaron durante tres horas diarias, en los cinco días. En esos momentos se conversó exclusivamente sobre la vida de Ramón Hoyos, pero no se tomaron notas, pues esas conversaciones no formarán parte de la biografía, sino de las impresiones personales del redactor, que se publicarán en crónica aparte. Esta es la primera de esas crónicas.

También en estas crónicas marginales se enfrentarán los conceptos de algunos otros ciclistas, con los que Hoyos ha expuesto en su biografía. Se publicarán asimismo conceptos del público y, especialmente, del simpático y locuaz entrenador argentino, Julio Arrastía, que llevó a Hoyos al campeonato. Por ejemplo: Hoyos aseguró al redactor —y así figura en la biografía— que conduce su automóvil con prudencia y a velocidad normal. El redactor tiene otra opinión: Hoyos no puede controlar en ningún caso su afán de velocidad, conduce a velocidades peligrosas, y el jueves de la semana pasada, a las tres de la tarde, su automóvil estuvo a punto de ser destrozado por un camión.

Cuando se despidió del redactor, se frotó los ojos, estiró las piernas y dijo:
—Esto cansa más que la Vuelta a Colombia.

Aquí puede consultar la biografía completa, capítulo por capítulo.



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